No hay ningún país donde al desaparecer la
generación política que tuvo experiencia directa del fascismo no se haya
producido un cambio importante, aunque a menudo silencioso, en su política, en
su perspectiva histórica del pasado y en su imaginario colectivo.
En ‘El ocaso de la democracia:
la seducción del autoritarismo’ Anne Applebaumaborda este
escenario: “La generación actual de jóvenes de Europa y EEUU ha crecido en un
mundo sin guerras, sin dictaduras. Dan por sentado que hay democracia, que ésta
siempre va a existir. Pero la democracia no es inevitable, requiere esfuerzo y
tiempo. Me preocupa que no hayamos transmitido esa verdad a los jóvenes”. En
septiembre de 2023, la Open Society Foundation de George Soros, hizo público un
estudio basado en más de 36.000 entrevistas en treinta países en la que el 42%
de los menores de 36 años estaba convencido de que una dictadura militar sería
una buena forma de gobierno. Un 35% decía que aceptaría tener un
líder fuerte, aunque jamás convocase elecciones. España no es una excepción: un
estudio del CIS de este 2025 apunta a que el 17,3% de los jóvenes entre 18 y 24
años y el 17,4% de los ciudadanos entre 25 y 34 cree que “en algunas
circunstancias, un Gobierno autoritario es preferible a un sistema
democrático”.
Si un país hizo la revolución
más alegre de la contemporaneidad, fue Portugal en 1974. Ahora, su Parlamento
se contamina con los herederos del salazarismo. Las políticas de memoria que
siguieron a la revolución del 25 de abril se materializaron en iniciativas como
la creación del Museu do Aljube Resistência e Liberdade con el objetivo
fundacional de combatir la “amnesia cómplice con respecto a la dictadura que
enfrentamos entre 1926 y 1974” y promover “la historia y memoria de la lucha
contra la dictadura, y el reconocimiento de la resistencia a favor de la
libertad y la democracia”. El edificio se alberga desde 2013 en la que fue sede
de la Policía Internacional de Defensa del Estado (PIDE), lugar de detención y
tortura bajo el régimen del Estado Novo. Pero la entropía y el
revisionismo han afectado a la que fue modelo de revolución incruenta en Europa
y a la larga dictadura derechista que la precedió.
Durante los años de la
rendición a los dictados austericidas de la Comisión Europea, el Banco Central
Europeo y el Fondo Monetario Internacional se desarrolló una tendencia a
considerar la revolución de los claveles como un brote indeseado, surgido en un
momento en que ya se estaba dando en el país una transición natural hacia la
democratización. La revolución habría venido a interrumpir una tendencia
modernizadora ya en marcha que hubiera permitido asegurar un cambio tranquilo
sin comprometer la estabilidad del Estado como ocurrió peligrosamente durante
el denominado Proceso Revolucionario en Curso (PREC), el periodo comprendido
entre el 25 de abril de 1974 y el 25 de noviembre de 1975, durante el que la
radicalización de la revolución –ocupación de tierras en el Alentejo,
socialización de industrias, nacionalización de la banca, confrontación con los
pequeños propietarios y el conservadurismo católico– parecía abocar a una vía
portuguesa al socialismo bajo el control del Movimiento de las Fuerzas Armadas
(MFA). Los excesos socializantes habrían sido, en definitiva, responsables del
endeudamiento al que los conservadores debían hacer frente ofrendado al país en
holocausto a la troika comunitaria.
De la revisión de la revolución
de los claveles se pasó al rescate del salazarismo con motivo del cuadragésimo
aniversario de la muerte del dictador. En 2010, un concurso televisivo sobre
los “grandes portugueses de la historia”, alzó al primer lugar del podio al
dictador Antonio de Oliveira Salazar, seguido del legendario secretario general
del Partido Comunista, Álvaro Cunhal. Las biografías de Salazar, celebrado como
un hombre de Estado ajeno a la corrupción que se cernía en torno a él sin saber
nada –al estilo de los monarcas del Antiguo Régimen («¡Viva el rey y muera el
mal gobierno!»)–inundaron los anaqueles de los supermercados de libros.
El debate más reciente se
cierne en torno al proyecto de creación de un museo dedicado a la
interpretación del Estado Novo en Vimiero, localidad natal de
Salazar. Ubicado en la escuela-cantina del pueblo, que aún ostenta el nombre
del dictador, es concebida por José Pacheco Pereira, fundador de la asociación
Ephemera, como un lugar para la preservación del legado documental del régimen
salazarista, para la investigación sobre su historia, sobre la resistencia que
se le opuso y de los mecanismos de consentimiento que explicaron su larga
duración (1926-1974). Para ello, deberá sortear los riesgos de una nostalgia no
desdeñable y de incurrir en un mensaje emoliente que no se vería contrarrestado
en las aulas por la reducción del horario de la materia de Historia.
La erosión generacional de la
memoria de la dictadura se manifiesta en las respuestas estereotipadas de las
generaciones más jóvenes: “Se habla de la falta..
