En los pasillos del poder, donde se tejen los hilos de la influencia, la maquinaria del lobby empresarial opera con precisión. No son solo presiones discretas ni negociaciones en salones privados; es un sistema aceitado, con recursos ilimitados, capaz de comprar voluntades, torcer leyes y vaciar instituciones. El objetivo es claro: transformar lo público en privado, lo protegido en explotable, lo colectivo en negocio.
Chile ha sido testigo de este juego sucio una y otra vez. El “proyecto Dominga”, esa minera que amenaza con devastar uno de los ecosistemas más frágiles de Coquimbo, es solo la punta del iceberg. Detrás hay abogados de escritorio, think tanks financiados por grandes capitales, medios que repiten consignas como si fueran verdades absolutas, y parlamentarios que, en lugar de representar a la ciudadanía, sirven a intereses corporativos.
Pero Dominga no está sola. En la Patagonia, las “hidroeléctricas” trataron dex ser impuestas a costa de ríos libres y comunidades mapuche que llevan años resistiendo. En el “Parque Nacional Huerquehue””, la presión inmobiliaria y turística busca recortar áreas protegidas para beneficio de unos pocos. Los territorio públicos expuestos al modelo capitalista neoliberal de compra y venta de todo son objeto y sujeto de un ejército de “especialistas” financiados por la oligarquía terrateniente financiera y el FMI listos para justificar lo injustificable: que el crecimiento económico vale más que el agua, que la biodiversidad, que el derecho de las personas a vivir en un ambiente sano.
Frente a este asedio, hay resistencias que brillan. Los “trabajadores de CONAF”, guardianes de los parques nacionales, hoy alzan la voz contra el desmantelamiento de la protección ambiental. Su lucha no es solo por salarios dignos, sino por evitar que las áreas protegidas se conviertan en otro botín para el gran capital.
Mientras tanto, el “Congreso” parece más una feria de intereses que un espacio de representación popular. Las leyes se negocian como mercancías, los informes se maquillan y las urgencias las ponen quienes tienen más conexiones, no más razones. La derecha, con su viejo discurso del “desarrollo a cualquier costo”, sigue siendo la punta de lanza de este saqueo. Pero cada vez son más los que despiertan.
La pregunta queda flotando: ¿hasta cuándo permitiremos que lo que es de todos termine en manos de unos pocos?
Francisco Rojas
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