Reseña
El Taller de Escritura Creativa Charleston, dirigido por el escritor Jorge Calvo, ha culminado su ciclo anual con la publicación de La infancia que fuimos (Editorial Lagar / Webmediabook.com, 2024), una antología que reúne el trabajo de doce escritores y que cuenta con Calvo como compilador y editor de la obra. El volumen, publicado gracias a la gestión de Editorial Lagar y su aliado digital Webmediabook.com, consolida una trayectoria de más de una década del taller, originalmente fundado por un equipo de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH).
El taller Charleston se ha caracterizado por su continuidad y por ser semillero de talentos literarios. A lo largo de estos años, varios de sus participantes han obtenido reconocimientos y premios, y la mayoría ha visto sus creaciones publicadas en anuarios que, como este, dan cuenta de un proceso formativo riguroso y colectivo. La infancia que fuimos se inscribe en esa tradición, pero con la madurez que otorga el tiempo y el trabajo editorial cuidadoso.
Una cartografía de la memoria
Los relatos transitan por territorios comunes abordados desde perspectivas singulares: experiencias familiares, vínculos afectivos, descubrimientos tempranos, juegos, miedos y heridas que marcan de forma indeleble la vida adulta. Cada autor —cuyas voces diversas configuran un mosaico de infancias atravesadas por contextos sociales, políticos y culturales heterogéneos— explora la resiliencia y la creatividad como formas de resistencia y supervivencia.
La obra invita al lector a reconocerse en esas historias y a reflexionar sobre la memoria como un espacio vivo que dialoga permanentemente con el presente. Lejos de presentar la infancia como un pasado clausurado, los textos la abordan como un sedimento esencial que modela la identidad y la manera de habitar el mundo. Los textos introductorios refuerzan esta idea, destacando la importancia de integrar lo vivido para construir un futuro más consciente.
Análisis literario: «Las luciérnagas son la continuidad de las estrellas solitarias»
Entre los doce relatos que componen la antología, destaca con luz propia «Las luciérnagas son la continuidad de las estrellas solitarias», un cuento que opera como una cámara fotográfica de la memoria: sus imágenes se revelan lentamente, con la paciencia de quien sabe que el sentido no está en la anécdota sino en su reverberación.
El narrador, un niño de ocho años, reconstruye desde una perspectiva adulta —aunque sin perder la mirada infantil— los vericuetos de una sensibilidad que se forma en la violencia y el abandono. El relato se estructura como un mosaico de episodios que parecen autónomos pero que, en su acumulación, configuran una educación sentimental: la pelea callejera con Tarico, las lecciones boxísticas de los hermanos mayores, el descubrimiento de la escena íntima entre Ignacio y la criada, el viaje a Los Queñes, el encuentro con el niño cazador, la mordedura del caballo.
La prosa de Javier Rojas Aguayo, su autor, se despliega en una sintaxis quebrada, de frases que se alargan y se pliegan sobre sí mismas como los pasillos de la casa familiar. El narrador utiliza la coordinación y la yuxtaposición con una naturalidad que remite a la oralidad, pero también a una conciencia literaria que sabe que la memoria no es lineal:
«Por alguna razón ilusoria y poco comprensible, muchas chicas del vecindario, de la edad de mi hermano, se me acercaban para monear conmigo. Me abrazaban, me tomaban el pelo, me besaban las mejillas y me hacían confidencias y muchas preguntas sobre él, sus gustos, sus amigos. Yo era un puente diminuto e inconsciente hacia mi hermano, cuya belleza adolescente, a mi edad, no era algo que yo pudiese comprender.»
La imagen del puente resulta crucial: el niño es un mediador entre mundos que no terminan de comunicarse, un testigo que acumula secretos sin comprenderlos del todo. Esa condición se refuerza en el episodio del descubrimiento erótico, que funciona como un quid pro quo trágico: el niño ve lo que no debería ver, y esa visión se convierte en una moneda de cambio que no sabe utilizar.
Intertextualidad y tradición literaria
Uno de los gestos más logrados del relato es la explícita referencia a El tambor de hojalata (1959) de Günter Grass, publicada en español por Alfaguara y Seix Barral. El narrador reconoce en el niño cazador a Oskar Matzerath, «no en su estatura, sino en esa mezcla de inocencia perversa y sabiduría antigua». La intertextualidad no es aquí un adorno erudito, sino una clave de lectura: así como Oskar decide no crecer para enfrentar el horror de la historia, el niño de este relato parece decidir —inconscientemente— no contar, no revelar, no compartir la herida como una forma de preservar una inocencia que ya ha sido violentada.
La referencia a Grass sitúa el cuento en una tradición de narradores que exploran la infancia como territorio de lo siniestro, donde lo cotidiano se vuelve amenazante y los adultos son figuras incomprensibles o directame..
