Últimamente circulan discursos que suenan muy bonitos. Dicen cosas como: “La clase obrera no tiene fronteras, ni etnias, ni género. Somos todos, habitando la tierra entera”. O también: “La tierra no tiene propiedad ni religión, solo el valor del trabajo”.
Suenan bien, ¿verdad? Suenan a himnos de solidaridad universal.
Pero hay un problema: no son verdad. O mejor dicho: son una verdad a medias que termina siendo una mentira práctica. Y cuando hablamos de la lucha de la clase trabajadora, las mentiras prácticas nos llevan a callejones sin salida.