La clase obrera no es un mito: ni abstracta ni sin fronteras

¿De qué estamos hablando?

Últimamente circulan discursos que suenan muy bonitos. Dicen cosas como: “La clase obrera no tiene fronteras, ni etnias, ni género. Somos todos, habitando la tierra entera”. O también: “La tierra no tiene propiedad ni religión, solo el valor del trabajo”.

Suenan bien, ¿verdad? Suenan a himnos de solidaridad universal.

Pero hay un problema: no son verdad. O mejor dicho: son una verdad a medias que termina siendo una mentira práctica. Y cuando hablamos de la lucha de la clase trabajadora, las mentiras prácticas nos llevan a callejones sin salida.


Primera idea: la clase obrera no es una idea abstracta

Cuando decimos que el obrero “no tiene fronteras”, estamos borrando su realidad concreta.

Pongamos un ejemplo:

  • Un trabajador en Suecia tiene un salario alto, un sistema de salud público que funciona y sindicatos fuertes.

  • Un trabajador en Chile gana el sueldo mínimo, paga una AFP privada y su sindicato apenas puede reunirse.

  • Un trabajador en la India muchas veces ni siquiera tiene contrato formal.

¿Son todos “clase obrera”? Sí. ¿Luchan igual? No.

La clase trabajadora existe dentro de Estados concretos. Cada país tiene sus propias leyes, su propia historia de explotación, sus propios acuerdos entre patrones y gobiernos. El capitalismo no es igual en todas partes, y el obrero tampoco.

Decir que “no hay fronteras” es como decir que no importa si vives en un barrio con agua potable o sin ella. La frontera importa porque determina cuánto te pagan, si te puedes organizar y si el Estado te protege o te reprime.


Segunda idea: las banderas y los símbolos no son un invento de los ricos

Hay quienes piensan que la bandera, el escudo, el himno nacional y la religión son “trampas” que la burguesía inventó para engañar a los trabajadores. Que si el obrero fuera más listo, las ignoraría.

Eso es demasiado simple. Y lo simple, en política, casi siempre es falso.

Las naciones no las inventaron los empresarios en una sala de reuniones. Las naciones se fueron formando a lo largo de siglos: con idiomas compartidos, con mercados que se unificaban, con historias de resistencia común. La burguesía tomó esos sentimientos y los usó para sus propios fines: para que los obreros franceses se odien con los obreros alemanes y no se unan contra las fábricas.

Pero la misma bandera ha sido usada por pueblos colonizados para echar a las empresas extranjeras. La misma religión ha servido para consolar a los más pobres y también para darles fuerzas para resistir (piensen en la Teología de la Liberación en América Latina).

No se trata de “quemar las banderas”. Se trata de pelear por el significado de esas banderas. La lucha no es contra los símbolos, sino contra quienes los usan para dividirnos.


Tercera idea: el trabajo no es un valor sagrado

Hay otra frase que suena bonito: “El trabajo tiene un valor sin límites”.

Desde el punto de vista del capitalismo, esto es falso. Y no lo digo yo, lo dijo Marx.

El capitalismo no paga el “valor” de tu trabajo. Te paga lo mínimo necesario para que no te mueras de hambre y puedas volver a trabajar al día siguiente. A eso se le llama fuerza de trabajo, y se vende como cualquier mercancía.

Lo que el patrón se queda —la diferencia entre lo que produces y lo que te paga— se llama plusvalía. Eso no tiene límites. El dueño de la fábrica quiere cada vez más. Pero el trabajo en sí mismo, bajo el capitalismo, no es “dignificante”: es alienante. Te hace hacer lo mismo mil veces, te separa de lo que produces, te convierte en una pieza de una máquina más grande.

La emancipación no consiste en “darle más valor al trabajo”. La emancipación consiste en dejar de ser trabajador asalariado. En que lo que produzcas sea para tus necesidades, no para el bolsillo de otro.


Cuarta idea: las etnias y las diferencias importan

Uno de los errores más grandes es pensar que la clase obrera es “homogénea”. Que da igual si eres blanco, negro, indígena o migrante. Que todos tienen los mismos problemas.

Eso es falso. Y es peligroso.

El capitalismo ha usado siempre la división étnica para controlar a los trabajadores. En Estados Unidos, los patrones ponían a los negros contra los irlandeses para que no se unieran. En Europa, usan a los inmigrantes para amenazar a los trabajadores locales: “Si pides un aumento, traemos a otros que cobran menos”.

Un trabajador blanco tiene privilegios que un trabajador negro no tiene. Eso es un hecho material, no una opinión. Si la lucha obrera ignora el racismo, está condenada a fracasar, porque los mismos trabajadores van a pelear entre sí en lugar de pelear contra sus patrones.

No se trata de “borrar las diferencias”. Se trata de reconocerlas para construir una unidad que las respete y las supere.


Quinta y última idea: los intereses históricos no son los mismos

El objetivo final de la clase trabajadora es el mismo en todo el mundo: dejar de ser explotados. Pero el camino para llegar ahí no es el mismo en todos lados.

  • En un país con minería, la lucha puede ser por nacionalizar el cobre o el litio.

  • En otro país, la lucha puede ser por controlar los fondos de pensiones.

  • En otro, puede ser por regular la inteligencia artificial para que no reemplace puestos de trabajo.

Cada país tiene su historia, sus leyes, sus deudas y sus oportunidades. La clase obrera global no es un ejército uniforme. Es un conjunto de luchas concretas que deben coordinarse sin volverse idénticas.

El internacionalismo no es hacer lo mismo en todos lados. Es apoyarse mutuamente en las diferencias.


Conclusión: ni romanticismo ni resignación

Entender esto no es rendirse. Todo lo contrario: es dejar de soñar despiertos para empezar a hacer.

El materialismo histórico no es una teoría para guardar en un estante. Es una herramienta para entender el mundo tal como es, con todas sus contradicciones, y para cambiarlo.

La clase obrera existe. Está fragmentada, dividida, atravesada por fronteras, etnias, religiones e historias distintas. Pero tiene un enemigo común: el capital.

La tarea no es fingir que esas diferencias no existen. La tarea es organizarse desde esas diferencias para construir un poder real que pueda, algún día, tomar el control de los medios de producción.

Porque la revolución no será un acto de magia ni un eslogan bonito. Será el resultado de luchas concretas, paso a paso, con los pies en la tierra.

Y la tierra, queridos compañeros, tiene dueños. Y hay que quitársela.


Si este texto te hizo pensar, compártelo. Si te hizo enojar, también. Pero sobre todo: no te quedes con la primera frase bonita que leas. La realidad es más compleja, y solo entendiéndola podemos transformarla.

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