Estamos ante un momento de definición histórica. La “Junta de la Paz” es el intento de monetizar el caos, de convertir la diplomacia en una sociedad anónima donde mandan los accionistas mayoritarios. La diferencia es ética y estética. Mientras el progresismo latinoamericano se planta firme y dialoga de pie, exigiendo un orden multipolar y reglas claras, la derecha continental se arrodilla, cheque en mano, suplicando ser aceptada como el capataz eficiente de la hacienda. Unos defienden la civilización; los otros, ansiosos, financian la barbarie.