Con las inherentes asimetrías de poder y más allá de algunas declaraciones oficiales de ambas partes permeadas por los señuelos sicológicos propagandísticos sembrados y dosificados por la administración Trump como fines de distracción, a un mes de la flagrante agresión militar del Pentágono y la Agencia Central de Inteligencia (CIA) contra Venezuela, la niebla de la guerra no permite identificar con precisión y certeza los datos de la realidad sobre el terreno. Existen muchas lagunas y las informaciones proporcionadas son subjetivas, fragmentadas e imprecisas, y se entremezclan con fake news y una amplia gama de desinformación tóxica propulsada por los servicios de inteligencia de Estados Unidos, lo que no permite monitorizar de forma fiable cómo se ejecutó la operación y de qué manera han evolucionado los hechos hasta el presente.
De manera preliminar se pueden identificar algunos elementos centrales del ataque imperial del 3 de enero de 2026 contra Venezuela. Todo indica que no fue únicamente un episodio militar convencional, sino una acción de dominación multidominio (tierra, aire, mar, espacio, ciberespacio), donde la fuerza física, el ciberespacio, el espectro electromagnético y una campaña de manipulación desinformativa de saturación operaron como armas para desorganizar las capacidades de defensa estatales, condicionar la percepción pública y reducir los costos políticos de la agresión.