Cuando comenzó el desalojo, la gente se organizó e hizo resistencia. Tanta, cuenta Hans, que se llegó a pensar que lograrían frenar el embate y conservar sus casas. En la ladera poniente del cerro Centinela, cerca del mar, entre los pinos, pareciera que pasó un tornado. Y no fue el viento: fue la máquina. Donde había una casa, donde vivía gente, la retroexcavadora pasó, quebró, dejó el destrozo a nivel del suelo y se fue a la próxima como si nada.