Se trata del proyecto de reingeniería total de la Franja de Gaza promovido por la administración Trump. Jared Kushner, el yerno del jefe de la Casa Blanca es el cerebro de la operación. Mientras Kushner proyectaba en pantallas gigantes su fantasía de una Gaza convertida en un Dubai mediterráneo -con playas artificiales, torres de lujo y “zonas industriales”-, la realidad sobre el terreno es un paisaje lunar de 60 millones de toneladas de escombros y decenas de miles de cuerpos bajo los restos. Los documentos filtrados que develan un sistema panóptico de control social disfrazado de ayuda humanitaria. Un revelador perfil del yerno Kushner.
A. Guzmán. Bilbao. 25/1/2026. En la cumbre alpina de Davos, entre los brindis y los acuerdos de la élite global, se presentó esta semana el llamado “Gaza Masterplan”, un proyecto de reingeniería total de la Franja de Gaza promovido por la administración Trump.
La puesta en escena fue impecable: discursos sobre “paz duradera”, renders de rascacielos junto al mar y la promesa de una “nueva Gaza” próspera. Pero tras la retórica altruista y las diapositivas pulidas, el plan -y el nuevo “Board of Peace” que lo supervisa- revela una visión profundamente colonial, cínica y desconectada de la realidad de un pueblo sometido a un genocidio.
El núcleo ideológico del proyecto quedó expuesto desde el primer minuto. El Secretario de Estado, Marco Rubio, en su discurso inaugural, se refirió una y otra vez a “Israel” como Estado, mientras hablaba sólo de “los palestinos” como una población abstracta, nunca del “Estado de Palestina”. No es un desliz lingüístico. Es la base de un plan que trata a los gazatíes como meros objetos de gestión, receptores pasivos de una ayuda que otros diseñan, y nunca como sujetos políticos con derecho a la autodeterminación y la soberanía. Es el intento final de borrar a Palestina del mapa político y reescribir la historia como si la ocupación, el bloqueo y la resistencia nunca hubieran existido.
Jared Kushner, el yerno de Trump y cerebro de la operación, ahondó en esta lógica. Con la frialdad de un consultor de inversiones, señaló que “más del 85% del PIB de Gaza ha sido ayuda durante mucho tiempo”. Lo presentó como un fracaso intrínseco de los gazatíes, un dato que justifica una intervención externa radical. Lo que omitió de manera obscena es el contexto: Gaza ha sido, durante más de 17 años, la cárcel al aire libre más grande del mundo, sometida a un bloqueo hermético por Israel con el visto bueno de Egipto y la comunidad internacional. Un “campo de concentración”, en palabras de numerosos analistas y organismos de derechos humanos, donde Israel controlaba hasta las calorías que entraban. La dependencia de la ayuda no fue una elección; fue la consecuencia calculada de una política de asfixia diseñada para hacer la vida invivible y negar cualquier atisbo de economía soberana.
Mientras Kushner proyectaba en pantallas gigantes su fantasía de una Gaza convertida en un Dubai mediterráneo -con playas artificiales, torres de lujo y “zonas industriales”-, la realidad sobre el terreno es un paisaje lunar de 60 millones de toneladas de escombros y decenas de miles de cuerpos bajo los restos. Esa visión de “tabula rasa” no es sólo insensible; es funcional. Permite tratar Gaza como un terreno baldío, ignorando que cada montaña de ruinas fue una casa, una escuela, una memoria.
Como denunció el periodista Sharif Abdelkouddous, basándose en documentos filtrados, Israel ya está actuando sobre esa visión: está cavando una trinchera profunda que parte Gaza en dos, consolidando físicamente la división del territorio. La “reconstrucción” empieza con una nueva y más brutal fragmentación.
Los documentos filtrados sobre las primeras “comunidades planificadas” en Rafah, presentados en una reunión del centro de coordinación civil-militar (CMCC) liderado por Estados Unidos, desvelan el verdadero carácter del plan: un sistema panóptico de control social disfrazado de ayuda humanitaria. Los palestinos “elegibles” para vivir en estas zonas deberán someterse a “controles de seguridad” -sin especificar quién los realiza. para filtrar “elementos de Hamás”. Serán registrados con documentación biométrica coordinada con COGAT, el brazo militar israelí que administra la ocupación. Es la institucionalización del apartheid mediante tecnología digital: un permiso de residencia en tu propia tierra, otorgado por el ocupante.
La economía también será un instrumento de vigilancia. Se propone sustituir la economía en efectivo -una red de subsistencia y resistencia- por “billeteras de shéquel (moneda israelí) electrónico”. Cada transacción, cada compra de pan o medicina, quedará registrada y monitorizada. Es la culminación del control: no sólo sobre el territorio, sino sobre el movimiento y la vida cotidiana de las personas.
Quizás lo más cínico es el capítulo educativo. Los documentos hablan de un currículo que “no esté basado en Hamás” y que promueva una “cultura de paz…modelada según los Emiratos Árabes Unidos”. Aquí la máscara cae por completo. Primero, se estigmatiza cualquier narrativa palestina como “basada en Hamás”, criminalizando la memoria y la identidad. Segundo, se propone como modelo a un régimen autoritario como el de los EAU, una monarquía absoluta sin libertades políticas, donde la “paz” con Israel es un negocio de élites que ignora la voluntad popular. No se busca una educación para la libertad, sino para la sumisión y la normalización con el ocupante.
Todo este entramado será supervisado por el flamante “Board of Peace”, una entidad que parece salida de una distopía corporativa. Presidido de por vida por Donald Trump -con poder de veto absoluto y casi inamovible-, el Board vende asientos permanentes por 1.000 millones de dólares. Su carta fundacional no menciona los derechos palestinos, el derecho al retorno o el derecho internacional. Es, en palabras de Abdelkouddous, “una manifestación casi paródica del colonialismo del siglo XXI”: un club de ricos y poderosos que, bajo el manto de la filantropía, decide el destino de un pueblo sin representación ni voz.
Mientras en Davos se brindaba por esta “visión”, en Gaza la violencia continuaba. El mismo día de la presentación, un ataque israelí mataba a tres periodistas que documentaban la crisis humanitaria. Este contraste es la esencia del plan: una élite global diseña futuros de lujo en suites alpinas, sobre el dolor y las ruinas de un pueblo al que ni siquiera reconoce como nación. El “Gaza Masterplan” no es un plan de paz. Es la hoja de ruta para una ocupación perpetua con rostro tecnocrático, donde la paz es el eufemismo para la rendición, y la reconstrucción, el disfraz de la anexión.
Jared Kushner: el capitalista misionero
Para entender el “Gaza Masterplan” presentado en Davos, es imprescindible desentrañar la figura de su arquitecto, Jared Kushner. No es simplemente el yerno de Donald Trump; es la encarnación de una nueva y poderosa fusión: el capitalismo global depredador revestido de una misión ideológica sionista, ejecutado con la frialdad de un “private equity manager” y la convicción de un creyente.
Kushner opera desde un núcleo identitario inamovible: el judaísmo ortodoxo moderno. Él e Ivanka Trump, quien se convirtió antes de su matrimonio, observan estrictamente el Shabat y la kashrut, estructurando su vida pública y privada alrededor de su fe. Pero este no es un dato meramente biográfico; es el cableado de su política. Este marco lo vincula directamente con las redes más influyentes y pro-Israel dentro del judaísmo estadounidense, funcionando como el puente perfecto entre el trumpismo y un sionismo pragmático y territorial. Su religión no se expresa en sermones mesiánicos, sino en un encuadre mental que normaliza la supremacía israelí y trata la soberanía palestina como un estorbo administrativo, no como un derecho.
El poder de Kushner es, en esencia, un poder dinástico y reciclado. Su padre, Charles Kushner, es un magnate inmobiliario que construyó su fortuna en Nueva Jersey y Nueva York, y que fue condenado a prisión en 2005 por evasión fiscal, manipulación de testigos y donaciones ilegales. El fiscal de su caso fue Chris Christie, ahora enemigo político del actual presidente. El círculo se cerró con un perdón presidencial de Trump en 2020, que no sólo limpió el registro de Charles, sino que lo proyectó a un posible cargo de embajador. Esta historia es la génesis del poder de Jared: un capital familiar manchado, lavado y reciclado en influencia política de alto nivel. También explica su lógica de pensamiento: para los Kushner, el mundo se reduce a activos, deudas, adquisiciones y revalorizaciones. Incluso una franja de tierra devastada por la guerra, como Gaza, es ante todo un “activo inmobiliario con un litoral de alto valor”, como él mismo ha declarado.
Su paso por la Casa Blanca fue el ejercicio de un poder sin mandato democrático. Sin haber sido elegido ni confirmado por el Senado, Kushner se convirtió en el zar de la política exterior de Trump en Oriente Medio. Fue el cerebro del traslado de la embajada estadounidense a Jerusalén, un movimiento que dinamitó décadas de consenso internacional y enterró cualquier pretensión de neutralidad. Para Kushner, el “conflicto” palestino-israelí nunca fue político; fue un problema de “mala gestión” económica. Su solución, los Acuerdos de Abraham, fue un maestro movimiento de “realpolitik” y desposesión: normalizó las relaciones entre Israel y varios estados árabes (Emiratos Árabes, Bahréin, Sudán, Marruecos) excluyendo por completo a los palestinos. Por primera vez, la ocupación dejó de ser un obstáculo para la paz regional. Este precedente es la piedra angular del actual plan para Gaza: la paz como un negocio entre élites, sobre los escombros de los derechos de un pueblo.
Al abandonar el pasado gobierno, Kushner ejecutó la jugada clásica del capitalismo de conexiones: fundó Affinity Partners, un fondo de inversión privado. En un movimiento que huele a pago por servicios prestados, el Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudita -el mismo reino que él cortejó como funcionario- inyectó 2.000 millones de dólares en su empresa, a pesar de que el comité evaluador saudí desaconsejó la inversión por la falta de experiencia de Kushner. La orden vino directamente del príncipe heredero Mohammed bin Salman. A esto se sumaron miles de millones más de Qatar y Emiratos Árabes. Hoy, Affinity Partners mueve capital en sectores estratégicos, desde videojuegos (liderando la compra de Electronic Arts) hasta fintech israelíes, tejiendo una red de intereses financieros que atraviesa los mismos países con los que negoció como funcionario. Es la puerta giratoria en su expresión más cínica: diseñó la política que beneficiaba a estos regímenes, y ellos ahora financian su fortuna personal.
El “Board of Peace” presentado en Davos es la cristalización institucional de su filosofía. Un club donde un asiento permanente cuesta 1.000 millones de dólares, presidido de por vida por Trump, es la antítesis de la democracia y la soberanía. Es la gobernanza como una junta corporativa, donde los “accionistas” (los estados ricos que pagan) deciden el destino de los “activos” (los territorios y pueblos en conflicto). Gaza sería su primer laboratorio: un prototipo de control tecnocrático, con vigilancia biométrica, economía digital rastreable y “reeducación” inspirada en el modelo autoritario de los Emiratos Árabes Unidos.
Jared Kushner es, por tanto, el hombre que convirtió la causa palestina en un problema de gestión de activos, la ocupación en una oportunidad de negocio, y la paz en un producto financiero. Su plan para Gaza no surge de la geopolítica ni del derecho internacional, sino del manual de operaciones de un fondo de inversión y de la certeza identitaria de quien cree que el destino de esa tierra ya está escrito, y él está aquí simplemente para maximizar su rentabilidad.
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