Contra el rearme europeo
El Reino Unido y Francia, las únicas potencias nucleares europeas (aparte de Rusia) y de tradición colonialista, aspiran a dirigir este proceso belicista. De ese liderazgo, bajo dependencia estadounidense, no se quiere descolgar el otro coloso económico, Alemania, que ha aprobado con el voto democristiano, socialdemócrata y verde -antes de la constitución del nuevo parlamento en el que podrían no conseguir los dos tercios imprescindibles-, otro medio billón de euros, para su plan particular de rearme militar y reestructuración económica.
La carrera armamentística en
Europa se pone en marcha o, más bien, se acelera, con una
orientación común a la estadounidense, funcional para los objetivos
compartidos de hegemonía occidental a nivel mundial. Mientras tanto,
la guerra en Ucrania se está terminando y en Palestina y Oriente
Próximo se guarda un consenso ante el genocidio, la limpieza étnica
y la colonización por el Gobierno prooccidental israelí.
El problema de fondo es el
sentido del rearme militar, la debilidad de su justificación, aunque
hay un gran consenso político y mediático. El dilema es en qué
grado de subordinación o reequilibrio de poder se coloca Europa,
según los planes trumpistas
y los forcejeos europeos. No se trata solo de la Unión Europea, sino
que en este ámbito de defensa tiene un papel relevante el Reino
Unido, aunque también Turquía -Oriente Próximo- y Noruega -Ártico-
en el marco de la OTAN o de la alianza occidental (y oriental, hasta
el Asia-Pacífico). Supone un difícil reajuste de la cobertura
institucional.
Sin autonomía estratégica
y con menos seguridad
Aparecen cuestionados los dos
grandes argumentos y objetivos para el rearme europeo. El primero,
esa militarización urgente no facilita la autonomía estratégica
europea respecto del poderío militar estadounidense y su complejo
militar industrial, del que dependen dos tercios de sus armas y su
adquisición inmediata. Hasta medio plazo, al menos una década, no
hay capacidad industrial y tecnológica para garantizar esa autonomía
militar respecto de EEUU. O sea, las élites dirigentes europeas no
se replantean la salida de la OTAN ni la insubordinación jerárquica
del mando militar estadounidense. Tampoco hay suficientes motivos
políticos en los gobiernos europeos para romper la alianza
atlántica, ni siquiera para formar un ejército autónomo o un brazo
europeo en la OTAN.
Por otra parte, está clara la
existencia del suficiente gasto militar europeo, superior al de
Rusia, para demostrar capacidad disuasoria, incluso nuclear. El
rearme europeo tampoco sirve para mejorar su competencia económica y
tecnológica, a la que aspiraba el plan Draghi, precisamente del
mismo importe, y hoy sustituido en gran parte por éste que prioriza
el gasto militar… con la compra a EEUU de lo fundamental y sin
innovación tecnológica.
Por tanto, la declamada
autonomía estratégica europea no va en serio. Las élites
dirigentes extreman la amenaza rusa y el desamparo estadounidense
para negociar una recolocación menos desfavorable en la alianza
occidental, imprimir una dinámica prepotente, frenar la trayectoria
democrática y social europea, así como intentar legitimarse ante su
fiasco político y doctrinal. En todo caso, haciendo de la necesidad
virtud, pretenden dar la apariencia de disminuir su dependencia de
EEUU, pero sin romper con Trump y su modelo expansionista y
autoritario.
En ese sentido, hay que
recordar que la máxima expresión de la autonomía estratégica
europea, derivada de la oposición franco-alemana y de la mayoría de
las poblaciones europeas y española, fue frente a la intervención
militar en Irak en 2003, precisamente por el trio de las Azores, el
republicano Bush, el laborista Blair y el conservador Aznar, con el
inicio de los grandes bulos de las armas de destrucción masiva. La
posición mayoritaria en Europa tenía una amplia conciencia
pacifista y se reforzó la autonomía europea frente a ese
militarismo injustificado… y todavía dura hoy, actitud
antibelicista que siguen combatiendo los poderosos.
Pero las administraciones
estadounidenses no podían dejar pasar ese precedente y ya, con la
involucración de la OTAN en Afganistán, disciplinaron a los
gobiernos europeos, que tuvieron que participar y asumir el fracaso
de aquella aventura.
Lo curioso es que ahora los
dirigentes europeos defienden la autonomía estratégica para
legitimar el rearme militar, de forma seguidista a la carrera
armamentista estadounidense, y con una orientación más belicista
que ellos ante la tregua impuesta en la guerra Ucrania/Rusia. Al
mismo tiempo, Trump se plantea la readecuación estratégica en el
Asia-Pacífico, frente a China, con la colaboración europea desde la
subalternidad.
Desde la tradición cívica y
pacifista europea, la oposición principal es al rearme militar,
innecesario y contraproducente. Todavía más cuando hay un
equilibrio de fuerzas, con la superior capacidad económica, militar,
tecnológica y demográfica respecto de Rusia. No tiene sentido la
just..