Los archivos del genocidio: del pueblo pequot al palestino, del «destino manifiesto» a la Riviera de Gaza
El
Dr.
Martin Luther King hijo
escribió
en 1964 un célebre libro titulado Why
We Can’t Wait?
[Por qué no podemos esperar] en el que además de abordar el crimen
de la esclavitud y de las humillaciones diarias que padecen las
personas
afroestadounidenses, también dedicaba varias páginas a examinar lo
que se puede denominar el «choque de civilizaciones» de
los siglos XVI al
XIX entre los emigrantes europeos y los 70 millones de personas
originarias que vivían en el continente
de América del Norte y del Sur.
Colón
no «descubrió»
las
Américas,
había
otras
personas que
vivían
aquí desde hacía decenas de miles de años.
Lo
que se iba
a conocer
como «América» no era una
«terra
nullius»,
sino
que pertenecía
a cientos de pueblos originarios diferentes, que tenían sus propias
culturas y lenguas, las «primeras
naciones»
del continente de América del Norte.
En
el territorio que ocupan ahora Estados Unidos y Canadá vivían unos
diez millones de algonquins,
apaches,
cayugas,
cherokees,
cheyennes,
chippewas,
comanches,
coyotes,
crees,
dakotas,
delawares,
hopis,
iowas,
iroquois,
lakotas,
micosukees,
mi’kmaqs,
mohawks,
mohegans,
mojaves,
muscogees,
narragansetts,
omahas,
oneidas,
pawnees,
pequots,
pueblos,
quechans,
saginows,
seminoles,
senecas,
shawnee,
shoshones,
sioux,
spokanes,
squamish,
tlingits,
unangans,
utes,
wichitas,
yuroks,
zunis,
etc.
El
Dr. King escribió:
«Nuestra nación nació de
un genocidio cuando aceptó
la doctrina de que las personas originarias americanas, las
y los indios, eran una raza
inferior. Incluso antes de
que en nuestras tierras
hubiera gran cantidad de
personas negras,
la cicatriz del odio racial ya había desfigurado a
la sociedad colonial.
La sangre fluyó
desde el siglo XVII en adelante en las batallas de supremacía
racial. Quizá
somos la única nación que, como
política nacional, trató
de eliminar a su población originaria.
Es más, elevamos esa
trágica experiencia a la condición de noble cruzada.
De hecho, ni siquiera hoy
nos hemos permitido rechazar este bochornoso episodio o sentir
remordimiento por él.
Nuestra literatura, nuestro
cine, nuestro teatro y nuestro folclore lo exaltan» (1).
En
efecto, durante mi infancia
en Chicago en la década de
1960 tenía muy claro que en la lucha entre los cowboys
y los indios, los cowboys
eran los buenos y los indios los malos.
Me costó muchos años darme
cuenta de quién era el opresor y quién el oprimido, de quién
era el ladrón y quién la víctima del asesinato,
la expoliación y la humillación.
¿Ha
cambiado nuestra mentalidad?¿Estamos
dispuestos a rechazar la filosofía del «destino manifiesto»?¿Hemos
desarrollado nuestra facultad de autocrítica y empezado a darnos
cuenta de la enormidad del crimen cometido contra
las
personas originarias
de América del Norte y del Sur? ¿Somos capaces de practicar el
cristianismo y mantener un mínimo de humanidad hacia otros
pueblos? ¿Qué significa
«Primero Estados Unidos»?
¿Significa la opresión del
resto del mundo? ¿Qué quiere decir Trump con su
consigna «Hacer que Estados
Unidos sea grande otra vez»?¿No sería mejor hacer que Estados
Unidos sea querido y respetado?¿No
sería mejor para Estados Unidos y para el resto del mundo que las
órdenes ejecutivas provenientes
del Despacho Oval estuvieran en consonancia con las tradiciones
cristianas de Estados Unidos? ¿No
sería mejor revivir el legado de Eleanor Roosevelt y redescubrir la
espiritualidad de la Declaración Universal de los Derechos Humanos?
Por
desgracia, si observamos cómo actúa el presidente Donald Trump,
dudo que el resto del mundo nos considere «grandes». La mayoría de
las personas civilizadas del mundo podrían tener motivos para
temernos e incluso para odiarnos. Trump
parece poner en práctica la máxima de Calígula
oderint dum metuant:
«siempre
y cuando
me teman, que me
odien» (2). ¿Por
qué cambiar el nombre de Monte
Denali en
Alaska por
Monte
McKinley (3)?
¿Por qué apoyar la
limpieza étnica y el genocidio del pueblo de Gaza (4)
y de Palestina (5)
que está llevando a cabo ahora Israel? ¿Por
qué negar al pueblo palestino su derecho a la autodeterminación, su
derecho a su
patria (6), en la que sus
antepasados han vivido durante miles de años?
También en este caso se
han invertido los papeles,
está claro que Israel es el ocupante y el opresor, y está claro que
el pueblo palestino es la víctima y lo ha sido desde la Nakba de
1947-1948. La
guerra genocida en Gaza no empezó el 7
de octubre de
2023, sino
76 años antes.
Pero en vez
de tratar de
hacer justicia al pueblo de Palestina que
sufre desde hace
tanto tiempo, el presidente
Trump pretende robarle
sus tierras, «trasferir»
a la población
palestina
fuera de sus hogares y hacer una «Riviera» mediterránea (7)
para los oligarcas de Israel y Estados Unidos. ¿Tenemos
tan metido en nuestro ADN el genocidio de las Primeras Naciones de
Estados Unidos que podemos apoyar entusiasmados la limpieza étnica y
el genocidio en Palestina?
El «descubrimiento» de
América»
Cada
12 de octubre muchas
personas celebran en Estados Unidos l..