India, un largo puente hacia Kabul
Quizás los juegos de intereses, cercanías y distanciamientos entre Afganistán, Pakistán e India sean el mejor ejemplo práctico de aquel concepto que apareció por primera vez tres siglos antes de Cristo en el Arthashastra, el tratado hindú sobre la gobernanza del Estado: “el enemigo de mi enemigo…”. Pakistán, al estar en medio de afganos e indios, obligatoriamente ha desarrollado más vínculos entre sus dos vecinos, de los que han tenido India y Afganistán, más allá de haber sido parte del Imperio Británico. Las relaciones entre Pakistán y Afganistán, contrariando lo que se podría suponer a priori, han alcanzado puntos extremadamente conflictivos desde que los mullahs han llegado a Kabul.
Partiendo de dos factores determinantes, Islamabad profundiza sus políticas de deportaciones masivas contra los tres millones de afganos que desde hace décadas se han refugiado no solo a lo largo de la frontera, la disputada “Línea Durand”, sino también en ciudades como Karachi, Islamabad y Rawalpindi. En esta últim se están dando cursos intensivos a la policía, la Guardia Fronteriza y otras fuerzas de seguridad para la búsqueda y captura de afganos indocumentados o no, ya que un millón y medio de ellos han conseguido el estatus de refugiados avalados por la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), lo que había sido revalidado por el Gobierno pakistaní con plazo que vencía el próximo 30 de junio. Esta situación se agrava con la decisión del presidente Donald Trump de cerrar la Oficina del Coordinador de los Esfuerzos de Reubicación de los afganos (CARE) a partir del próximo abril, lo que impedirá que doscientos mil afganos que han colaborado con los Estados Unidos durante la ocupación puedan radicarse en aquel país.
Si bien las motivaciones que articula el Gobierno del primer ministro Shehbaz Sharif es la grave crisis económica que atraviesa el país, tan cierta como que Pakistán es el cuarto deudor mundial del Fondo Monetario Internacional, después de Argentina, Egipto y Ucrania. Quizás la principal de las razones de esta campaña de deportaciones sea por el supuesto “dejar hacer” de Kabul al grupo terrorista Tehreek-e-Taliban-e-Pakistan (TTP), que aparentemente nada tiene que ver con los muyahidines del mullah Haibatullah Akhundzada y, en menor medida, con las organizaciones armadas de Baluchistán, que pugna por escindirse de Pakistán desde hace más de setenta años. Las cotidianas operaciones del TT en Pakistán, que después de golpear vuelven a Afganistán, les han permitido provocar miles de bajas al ejército, a las fuerzas de seguridad y de civiles, además de generar a Islamabad pérdidas millonarias.
Según algunos registros, entre 2023 y 2024 los muertos superarían los dos mil. Mientras Pakistán establece mayores controles en los pasos fronterizos, lo que causa un descalabro económico en todo el sistema comercial a un lado y otro de la frontera profundizando la crisis económica, Islamabad ha bombardeado posiciones del TTP en territorio afgano, generando al menos una veintena de civiles muertos. India, el histórico enemigo de Pakistán, con quien desde 1947 ha mantenido tres guerras e innumerables choques fronterizos por la región de Cachemira, estrecha más y más lazos diplomáticos y comerciales con el Gobierno talibán. Si bien Nueva Delhi ha tenido históricamente una relación ambivalente con Afganistán, a lo largo de los 20 años de ocupación norteamericana (2001-2021) tuvo una importante presencia en ese país, habiendo invertido más de tres mil millones de dólares en el sostenimiento de distintas instituciones estatales, incluida la construcción del Parlamento y el entrenamiento tanto del extinto Ejército Nacional Afgano como de la Alianza del Norte, la vieja organización político-militar creada por Ahmad Shāh Masūd, asesinado dos días antes de los ataques a las torres de Nueva York. Sin su líder y a pesar de haber sido derrotada por los talibanes en la guerra civil 1992-1994, resistió en las alturas del Panjshir hasta la llegada de los norteamericanos en 2001 y, tras su salida 20 años después, es ahora el hijo de Masūd, también llamado Ahmad, que junto a Amrullah Saleh, el ex vicepresidente del Gobierno norteamericano, intenta mantener la resistencia en la provincia de los tayikos afganos. Afganistán también cuenta con la peligrosa presencia del Dáesh Khorasan, que, instalado desde el 2014, ha sido una creciente amenaza para el poder de los mullahs.
La guerra quedó atrás
Durante los primeros meses del nuevo Gobierno de los talibanes, la presencia india prácticamente había desaparecido de Afganistán, aunque comenzó a retornar tras las primeras señales que dejaban en claro que los mullahs, o por lo menos gran parte de su Gobierno, ya no eran los fanáticos moldeados por su fundador, el mullah Mohammad Omar, muerto en 2013. La dirigencia intentaba la creación de un estado, con todas las prevenciones del caso, “moderno”, mientras se distanciaba de Pakistán, por lo que India rápidam..